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LA CRUZ ANTES DE CRISTO Y HOY


 

LA CRUZ ANTES DE CRISTO Y HOY

 

El tema sobre el valor y significado de la cruz en la fe católica y su fundamento bíblico es un aspecto central y profundo que merece ser comprendido tanto por los creyentes como por aquellos que cuestionan su validez.

 

Muchos hermanos protestantes tienden a rechazar la cruz como símbolo sagrado, considerando que su uso es innecesario o incluso idolátrico; sin embargo, al reflexionar en las Escrituras, encontramos un significado intrínseco y profundo en la cruz que trasciende su forma física para hablar de la protección, salvación y fidelidad del pueblo de Dios.

 

Un ejemplo notable que encontramos en el Antiguo Testamento es el pasaje de Ezequiel 9:4-6, en el que Dios mismo manda a poner una señal en la frente de los hombres que se lamentan por la corrupción y pecado en Jerusalén.

 

Esta señal, que representa una cruz, marca a aquellos que están bajo el favor y la protección divina y tiene un poder simbólico que prefigura el sacrificio redentor de Cristo.

 

Este acto de marcar una cruz en la frente de los fieles sugiere ya un sello de identidad que los aparta y protege del castigo que se avecina sobre los impíos.

 

Esta escena recuerda el significado de "ser sellado" como alguien apartado y protegido por Dios, un concepto que el cristianismo primitivo y la Iglesia Católica ha mantenido como símbolo de la pertenencia a Cristo, quien murió en la cruz y nos redimió.

 

Es importante señalar que la cruz en este pasaje no es un objeto o un amuleto sin valor, sino un símbolo visible de aquellos que llevan en su corazón el sello de Dios y que se entristecen por el pecado y las injusticias. En el versículo 6, Dios decreta que todos serán castigados, excepto aquellos que llevan la señal de la cruz, una protección que prefigura la marca de los redimidos en Cristo.

 

Esta imagen poderosa se convierte en una profecía del significado profundo que la cruz tendría en el Nuevo Testamento, no como un simple objeto, sino como símbolo de redención y refugio en el plan de salvación.

 

Para los cristianos, la cruz adquiere su máxima expresión en la crucifixión de Jesucristo, en quien el símbolo se transforma en el medio de la redención.

 

La cruz en el Nuevo Testamento es, entonces, la actualización de lo que Ezequiel mostró en su visión: un signo que indica a quienes pertenecen a Dios y están bajo su protección.

 

La cruz, lejos de ser un símbolo idólatra o irrelevante, representa la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte, y sigue siendo la señal visible de los que pertenecen al Redentor.

 

Cuando los católicos usan la cruz, ya sea en los altares, en sus iglesias o al hacer la señal de la cruz en la frente, pecho y hombros, están renovando su identidad como redimidos y sellados por Cristo, cumpliendo así con la imagen profética que Ezequiel transmitió.

 

La cruz, desde esta perspectiva, se convierte en un símbolo que sella a los cristianos como herederos de la promesa, y no simplemente como un objeto decorativo.

 

Para los católicos, la cruz es un recordatorio visible de la entrega total de Cristo, su amor y su salvación, al igual que un signo de la protección divina, tal como ocurrió en Ezequiel, cuando Dios apartó a aquellos con el signo en la frente del castigo.

 

Por lo tanto, la cruz tiene validez y es fundamental en la espiritualidad cristiana porque es el símbolo del amor redentor de Dios y el medio por el cual los fieles son reconocidos y protegidos.

 

El pasaje de Ezequiel no es un simple relato de una marca; es una imagen profética que cobra pleno significado con Cristo y que muestra que Dios ha usado símbolos visibles para manifestar su gracia y fidelidad.

 

Esta señal en la frente en tiempos antiguos no es algo casual, sino parte del plan de Dios para demostrar, desde la antigüedad, el poder de su sello en aquellos que se lamentan y gimen por su pecado y buscan la protección divina, un poder que se ve plenamente realizado en la cruz de Jesucristo.

 

Ahora veamos el texto bíblico del que nos hemos referido:

Ezequiel 9:4-6, Biblia de Jerusalén (1976):

“4- Y le dice Yahveh: 'Recorre la ciudad, recorre Jerusalén y marca con una cruz en la frente a los hombres que se lamentan y gimen por todas las abominaciones que en ella se cometen.'

 

5- Y a los otros les dijo a mi oído: 'Pasad tras él por la ciudad y herid.

 

No perdone vuestro ojo, no tengáis compasión.

 

6- Ancianos, jóvenes, doncellas, niños y mujeres, matadlos hasta exterminarlos, pero no toquéis a ninguno de los que tengan la cruz. Comenzad por mi santuario.'

 

Comenzaron, pues, por los ancianos que estaban delante del Templo."

 Z ANTES DE CRISTO Y HOY:

 

El tema sobre el valor y significado de la cruz en la fe católica y su fundamento bíblico es un aspecto central y profundo que merece ser comprendido tanto por los creyentes como por aquellos que cuestionan su validez.

 

Muchos hermanos protestantes tienden a rechazar la cruz como símbolo sagrado, considerando que su uso es innecesario o incluso idolátrico; sin embargo, al reflexionar en las Escrituras, encontramos un significado intrínseco y profundo en la cruz que trasciende su forma física para hablar de la protección, salvación y fidelidad del pueblo de Dios.

 

Un ejemplo notable que encontramos en el Antiguo Testamento es el pasaje de Ezequiel 9:4-6, en el que Dios mismo manda a poner una señal en la frente de los hombres que se lamentan por la corrupción y pecado en Jerusalén.

 

Esta señal, que representa una cruz, marca a aquellos que están bajo el favor y la protección divina y tiene un poder simbólico que prefigura el sacrificio redentor de Cristo.

 

Este acto de marcar una cruz en la frente de los fieles sugiere ya un sello de identidad que los aparta y protege del castigo que se avecina sobre los impíos.

 

Esta escena recuerda el significado de "ser sellado" como alguien apartado y protegido por Dios, un concepto que el cristianismo primitivo y la Iglesia Católica ha mantenido como símbolo de la pertenencia a Cristo, quien murió en la cruz y nos redimió.

 

Es importante señalar que la cruz en este pasaje no es un objeto o un amuleto sin valor, sino un símbolo visible de aquellos que llevan en su corazón el sello de Dios y que se entristecen por el pecado y las injusticias. En el versículo 6, Dios decreta que todos serán castigados, excepto aquellos que llevan la señal de la cruz, una protección que prefigura la marca de los redimidos en Cristo.

 

Esta imagen poderosa se convierte en una profecía del significado profundo que la cruz tendría en el Nuevo Testamento, no como un simple objeto, sino como símbolo de redención y refugio en el plan de salvación.

 

Para los cristianos, la cruz adquiere su máxima expresión en la crucifixión de Jesucristo, en quien el símbolo se transforma en el medio de la redención.

 

La cruz en el Nuevo Testamento es, entonces, la actualización de lo que Ezequiel mostró en su visión: un signo que indica a quienes pertenecen a Dios y están bajo su protección.

 

La cruz, lejos de ser un símbolo idólatra o irrelevante, representa la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte, y sigue siendo la señal visible de los que pertenecen al Redentor.

 

Cuando los católicos usan la cruz, ya sea en los altares, en sus iglesias o al hacer la señal de la cruz en la frente, pecho y hombros, están renovando su identidad como redimidos y sellados por Cristo, cumpliendo así con la imagen profética que Ezequiel transmitió.

 

La cruz, desde esta perspectiva, se convierte en un símbolo que sella a los cristianos como herederos de la promesa, y no simplemente como un objeto decorativo.

 

Para los católicos, la cruz es un recordatorio visible de la entrega total de Cristo, su amor y su salvación, al igual que un signo de la protección divina, tal como ocurrió en Ezequiel, cuando Dios apartó a aquellos con el signo en la frente del castigo.

 

Por lo tanto, la cruz tiene validez y es fundamental en la espiritualidad cristiana porque es el símbolo del amor redentor de Dios y el medio por el cual los fieles son reconocidos y protegidos.

 

El pasaje de Ezequiel no es un simple relato de una marca; es una imagen profética que cobra pleno significado con Cristo y que muestra que Dios ha usado símbolos visibles para manifestar su gracia y fidelidad.

 

Esta señal en la frente en tiempos antiguos no es algo casual, sino parte del plan de Dios para demostrar, desde la antigüedad, el poder de su sello en aquellos que se lamentan y gimen por su pecado y buscan la protección divina, un poder que se ve plenamente realizado en la cruz de Jesucristo.

 

Ahora veamos el texto bíblico del que nos hemos referido:

Ezequiel 9:4-6, Biblia de Jerusalén (1976):

“4- Y le dice Yahveh: 'Recorre la ciudad, recorre Jerusalén y marca con una cruz en la frente a los hombres que se lamentan y gimen por todas las abominaciones que en ella se cometen.'

 

5- Y a los otros les dijo a mi oído: 'Pasad tras él por la ciudad y herid.

 

No perdone vuestro ojo, no tengáis compasión.

 

6- Ancianos, jóvenes, doncellas, niños y mujeres, matadlos hasta exterminarlos, pero no toquéis a ninguno de los que tengan la cruz. Comenzad por mi santuario.'

 

Comenzaron, pues, por los ancianos que estaban delante del Templo."

 

LOS ARGUMENTOS IDÓLATRAS DE LOS PROTESTANTES SE CAEN AL SUELO



 

LOS ARGUMENTOS IDÓLATRAS DE LOS PROTESTANTES SE CAEN AL SUELO 

En los últimos años, ¡vaya sorpresa!, las estatuas y bustos de Martín Lutero se están vendiendo en Europa a un ritmo impresionante, especialmente en Alemania, donde los mismos protestantes han comenzado a colocar estas imágenes con orgullo. 

¡Y esto resulta irónico! 

Aquellos que durante siglos han levantado el dedo acusador hacia los católicos, señalando nuestras imágenes como “ídolos”, ahora llenan sus hogares con figuras de Lutero, ¡como si él mismo fuera una especie de santo! 

La contradicción es evidente, sobre todo para los protestantes latinoamericanos que tanto se han jactado de rechazar las imágenes. 

Ahora, al ver a sus hermanos europeos en este furor por las estatuas, se encuentran en una encrucijada incómoda. 

Durante generaciones han arremetido con discursos de "idólatras" y “adoradores de imágenes” contra los católicos, sin siquiera entender el concepto de idolatría que critican. 

Para ellos, cada escultura o retrato parece ser un "ídolo" de facto, algo "adorado". 

Sin embargo, al ver lo que sucede en Europa, este argumento comienza a derrumbarse como un castillo de naipes. 

La realidad es que la Iglesia Católica siempre ha tenido claro que las imágenes de santos no son ídolos.

 Un ídolo es aquello que se coloca en lugar de Dios, mientras que los santos, representados en esculturas y cuadros, son ejemplos de fe y devoción que nos inspiran, ¡no sustitutos de Dios! Pero, para los protestantes que insisten en que “toda imagen es un ídolo”, las recientes acciones de la iglesia luterana europea ahora los desarman. 

¿Qué excusa queda cuando, en sus propios hogares, resplandecen las figuras de bronce de Lutero?

Esta situación se vuelve hilarante: los protestantes latinoamericanos, que se han llenado la boca con discursos sobre la "idolatría católica", ahora deben aceptar que, en sus propias filas, el mercado de estatuas y bustos protestantes está en auge. 

Si el uso de imágenes es “idólatra”, ¿qué están haciendo ahora con las estatuas de Lutero? 

No hay escapatoria, la contradicción es evidente. 

La ironía no podría ser más evidente. 

¡Han quedado en ridículo! Su crítica de siglos contra los católicos solo ha servido para cavar su propia trampa. 

La interpretación de la Biblia que han hecho por cuenta propia los ha llevado demasiado lejos, al punto de ni siquiera coincidir con las prácticas de sus iglesias madres en Europa. 

Y así, una vez más, aquellos que atacan a la Iglesia Católica, terminan en el suelo, derrotados. 

Con cada busto y cada estatua de Lutero que se vende en el mercado, los católicos ganamos un round más en esta batalla que, a fin de cuentas, nunca hemos comenzado nosotros, sino que solo respondemos con la verdad y la coherencia de la fe auténtica.

 


El Pan Eucarístico


 

El Pan Eucarístico 

Queridos hermanos: 

Siempre que puedo tengo la costumbre de visitar a los hermanos católicos en sus casas.

Y un día, por equivocación, entré en una casa donde estaba reunido un grupito de hermanos evangélicos.

Se asombraron muchísimo cuando de repente vieron en medio de ellos al cura de la Iglesia Católica.

Les expliqué que estaba invitando a los católicos para leer juntos la Palabra de Dios y luego participar en «la Fracción del Pan» o Santa Misa.

Inmediatamente un hermano evangélico me replicó: «¡La Palabra de Dios es el único Pan de vida!» (para hacerme entender que ellos no necesitan el Pan sagrado de la Misa).

Felicito sinceramente a nuestros hermanos evangélicos por el gran amor que tienen a la Palabra de Dios como Pan de vida.

Pero me sorprende que ellos con tanta facilidad rechacen el Pan Eucarístico o Santa Misa.

Este hecho me hizo pensar mucho, y luego tomé la decisión de escribir esta carta a mis hermanos católicos para explicarles que no estamos equivocados con la celebración de la Eucaristía o Santa Misa, y para recordar que la Misa no es un invento de los curas, sino que, según la Biblia, es un mandato sagrado de Cristo mismo.

El Pan de la Palabra y el Pan Eucarístico.

En el Evangelio de San Juan, Jesús hace una reflexión muy profunda acerca de este tema.

Jesús proclama que «El es el verdadero Pan que ha bajado del cielo» (Jn. 6, 33-35), y el Señor nos da dos razones para explicarnos por qué El es el Pan de vida:

- Primero: Jesús es «el Pan de vida», por su Palabra que abre la vida eterna a los que creen (Jn. 6, 26-51).

Es decir, Jesús es «el Pan de la Palabra» que hay que creer.

- Segundo: Jesús es «Pan de Vida» por su carne y su sangre que se nos dan como verdadera comida y bebida (Jn. 6, 51-58).

Con estas últimas palabras, Jesús anuncia la Eucaristía que El va a instituir durante la Ultima Cena: «Tomad y comed, esto es mi Cuerpo» (Lc. 22,19).

«Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida.

El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí, y yo en él» (Jn. 6, 55-56).

Está claro entonces que no debemos quedarnos solamente con «el Pan de la Palabra».

Jesús nos invita también a «comer realmente su Cuerpo» como «el Pan Eucarístico».

Ahora bien, nuestros hermanos evangélicos piensan que el Pan Eucarístico es solamente un símbolo de Jesucristo y niegan la presencia real de Cristo en la Cena del Señor.

La frase: «Esto es mi cuerpo», para ellos es sólo una expresión figurada.

Es más, las Biblias de los Testigos de Jehová dicen que Jesús en la Ultima Cena no dijo: «Esto es mi cuerpo», sino: «Esto significa mi cuerpo» (Lc. 22,19), y con esto acaban con la presencia real de Cristo en el Pan Sagrado o en la Santa Hostia.

(Cualquiera que sepa traducir bien el idioma griego en que fue escrito el Evangelio de Lucas, sabe muy bien que la palabra usada por la Biblia en griego es «estin» que significa en castellano «es», y que esta palabra en ningún caso se puede traducir por «significa», como hacen los Testigos de Jehová.

El fundador de los Testigos de Jehová, sin haber hecho estudios de la Biblia con maestros entendidos, se dedicó a traducir la Biblia a su antojo y por eso le hace decir cosas absolutamente inexactas.

Jesús nos invita a comer su Cuerpo y a beber su Sangre

1. El discurso de Jesús sobre «su Cuerpo, Pan de vida» (Jn. 6,51-58) lo pronunció después de la multiplicación de los panes y, en esta oportunidad, por primera vez, el Señor habló acerca de la Eucaristía: «El pan que Yo daré es mi Carne, y la daré para vida del mundo» (Jn. 6, 51).

Cuando Jesús dijo estas palabras, muchos de sus discípulos lo abandonaron, diciendo que ese modo de hablar era intolerable (Jn. 6, 59-66).

Pero Jesús no dijo que estaba hablando en sentido figurado. Jesús insistió: «En verdad les digo: si no comen la carne del Hijo del Hombre y no beben su sangre, no tienen verdadera vida». (Jn. 6,53).

Es más, a los Doce apóstoles Jesús les preguntó: «¿También ustedes quieren dejarme?» (Jn. 6, 67).

De ninguna manera Jesús habló aquí en sentido simbólico o figurado: «El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene la vida eterna y Yo le resucitaré en el último día» (Jn. 6,54).

2. La Ultima Cena del Señor: En el Nuevo Testamento encontramos hasta cuatro testimonios distintos acerca de la Ultima Cena del Señor: Mateo, Marcos, Lucas y Pablo.

Esto quiere decir que la Ultima Cena fue un hecho de suma importancia en la vida de Jesús y en la vida de la primitiva Iglesia.

La noche antes de morir, Jesús invitó a sus apóstoles a celebrar la Pascua de los judíos, que consistía, sobre todo, en una cena solemne.

Esta comida era para los judíos «la gran acción de gracias» a Dios.

Y el Señor Jesús aprovechó la cena para darle un sentido nuevo y profundo.

Leemos en el Evangelio de San Lucas: «Después, Jesús tomó el pan y dando gracias (eucharistein, en griego) lo partió y se lo dio diciendo: 'Esto es mi cuerpo que es entregado por ustedes.

Hagan esto en memoria mía'.

Después de la cena hizo lo mismo con la copa.

Dijo: 'Esta copa es la alianza nueva sellada con mi sangre, que va a ser derramada por ustedes'» (Lc. 22, 19-20).

3. La Ultima Cena del Señor tiene muchos significados.

Solamente queremos aquí indicar algunos aspectos importantes en relación con nuestro tema:

- Primero: la Cena del Señor es «la gran acción de gracias» a Dios.

La palabra griega «eucharistein» (Lc. 22,19; 1 Cor.11,24) recuerda las bendiciones que proclaman las obras de Dios: la creación, la redención, y la santificación.

La Iglesia prefiere la palabra «Eucaristía» para indicar la Cena del Señor.

- Segundo: Cuando Jesús en la Ultima Cena dijo al partir el pan: «Tomen y coman, esto es mi cuerpo», no estaba hablando en forma simbólica.

Estas palabras anunciaban claramente su presencia misteriosa y real en los signos del pan y del vino.

Realmente Jesús dio al pan y al vino un nuevo sentido.

Jesús dijo claramente: «Esto es mi cuerpo». Jesús indicó un realismo incomparable y no un simple simbolismo.

Esto sucedió en la primera Eucaristía o Santa Misa.

- Tercero: También dio Jesús a sus apóstoles el mandato de recordar y revivir estos gestos sagrados: «Hagan esto en memoria mía» (Lc. 22,19).

Fiel a este mandato de Jesús, la Iglesia desde aquel momento hasta ahora realiza continuamente estos signos sagrados que hizo Jesús en la Ultima Cena.

Y la Iglesia cree que el Pan consagrado en cada Eucaristía es a la vez figura y realidad del Cuerpo celestial de Cristo: un memorial vivo de Cristo.

-Cuarto: El apóstol Pablo para recordar lo sagrado que es el alimento eucarís-tico, escribe en términos muy claros: «El cáliz que bendecimos,

¿no es acaso la comunión de la Sangre de Cristo?

Y el Pan que partimos,

¿no es acaso la comunión del Cuerpo de Cristo?» (1Cor. 10,16).

Para Pablo, ese pan y ese vino, una vez consagrados, no son un simple símbolo del cuerpo y sangre, sino realmente el Cuerpo y la Sangre de Cristo glorificado.

Y en este mismo sentido sigue el apóstol escribiendo a los Corintios, después de reprenderles por algunos abusos que cometían en sus reuniones: «Así, pues, cada vez que comen de este pan y beben de la copa, están proclamando la muerte del Señor hasta que venga.

Por tanto si alguien come el pan y bebe de la copa del Señor indignamente, peca contra el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

Por eso, que cada uno examine su conciencia antes de comer del pan y beber de la copa.

De otra manera come y bebe su propia condenación al no distinguir el cuerpo de Cristo.

Esta es la razón por la cual se ven tantos enfermos entre ustedes» (1Cor. 11, 26-30).

Consideraciones finales

Mucha gente de hoy, igual como en el tiempo de Jesús, tiene dudas acerca de la presencia real de Cristo en el Pan Eucarístico.

Muchos se preguntan: «¿Cómo puede ser eso?... ¿No es demasiado para nuestra inteligencia humana aceptar todo esto?...»

Es verdad, nuestra inteligencia humana no es capaz de captar esta presencia misteriosa de Cristo en la Eucaristía.

Solamente con los ojos de la fe podemos experimentar esta presencia real e íntima de Cristo en el Pan Sagrado.

La presencia del cuerpo de Cristo en el Pan Sagrado no es una presencia física, o sea, material, como si pudiéramos decir: «Jesús está aquí sentado a la mesa al lado mío».

No debemos olvidar que el Cuerpo de Cristo, después de su muerte y resurrección, es para siempre un cuerpo glorificado, un cuerpo celestial que se hace presente entre nosotros en el pan y en el vino.

Es una presencia real.

No una presencia material de Cristo, sino una presencia terrenal de su cuerpo celestial.

En otras palabras: mediante un gesto visible, el creyente participa de una realidad que no se ve, pero entra realmente en comunión con Cristo glorificado y resucitado.

Acostumbramos a aplicar la palabra sacramento para designar un signo externo que contiene una realidad espiritual.

En la Cena del Señor, o Santa Misa, nuestra fe nos lleva a recibir como Cuerpo y Sangre de Cristo algo que todavía no parece ser más que pan y vino.

Pero, por estos signos o sacramentos, Cristo se hace para nosotros realmente alimento y vida.

La Comunión Eucarística es el cuerpo y el corazón de la vida de la Iglesia, la cual es ante todo comunión.

Es el lugar en que los hombres experimentan, ya en la tierra, la unión entre ellos y Cristo.

Queridos hermanos, estas son las razones por las que nosotros los católicos, conforme al mandato del Señor: «Hagan esto en memoria mía», celebramos la Eucaristía Domingo tras Domingo, y creemos con toda firmeza que Cristo glorificado está realmente presente en el pan y en el vino consagrados.

No es ningún invento de los curas, como piensan algunos hermanos evangélicos, sino que ésta es una enseñanza bíblica, creída plenamente por todos los verdaderos cristianos desde el principio de nuestra santa religión hasta el día de hoy.

Los distintos nombres para indicar la Santa Misa:

1. Eucaristía: porque es «acción de gracias» a Dios.

La palabra griega «eucharistein» (Lc. 22,19 y 1 Cor. 11,24) recuerda las bendiciones judías que proclaman, sobre todo durante la comida, las obras de Dios: la creación, la redención y la santificación.

2. Cena del Señor o Banquete del Señor: porque se trata de la Cena que el Señor celebró con sus discípulos la víspera de su pasión (1Cor. 11, 20).

3. Fracción del Pan: porque el gesto de partir el pan y repartirlo lo utilizó Jesús cuando bendijo y distribuyó el pan en la Ultima Cena (Mt. 26, 26; 1 Cor. 11, 24; Hech. 2, 42 y Hech. 20, 7-11).

4. Comunión: porque por este sacramento nos unimos a Cristo que nos hace partícipes de su Cuerpo y de su Sangre para formar un solo Cuerpo (común-unión) (1 Cor. 10, 16-17).

5. Santo Sacrificio: porque actualiza el único sacrificio de Cristo Salvador e incluye la ofrenda de la Iglesia.

Así también se llama «Sacrificio de Alabanza» (Heb. 13, 15), sacrificio espiritual (1 Ped. 2,5).

6. Santa Misa: porque la liturgia en la que se realiza el misterio de nuestra salvación se termina con el envío de los fieles (envío=missio en latín) a fin de que cumplan la voluntad de Dios en su vida cotidiana.

Antes del Padecimiento

En la noche de la Cena

El Señor con gracia plena

Instituyó el Sacramento.

Su Cuerpo y Sangre sustento

eran para el pecador

por eso el Supremo Autor

en la Mesa del altar

nos dio este rico manjar

que es la fineza mayor.

Cuestionario:

¿Es Jesús el Pan de Vida?

¿Cómo interpretan los evangélicos el texto de Lc. 22, 19?

¿Cómo lo interpretamos los católicos?

¿Nos invita Jesús a comer su Cuerpo?

¿Cuándo nos mandó Jesús comer el Pan de Vida?

¿Cómo presentan la Cena los tres sinópticos?

¿Hablaba Jesús en forma real o simbólica sobre su presencia en la Eucaristía?

¿Qué dice Pablo en lo referente a la Comunión?

¿Está Cristo en medio de nosotros?

 

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